Christian Jamett

Christian Jamett

Fotógrafo chileno y Doctor en Historia del Arte de la Universidad de Perpignan Francia con especialización en fotografía chilena y mexicana. Su carrera parte hace más de 20 años con trabajos realizados desde la vereda de la fotografía autoral, profundizando sus esfuerzos hasta el día de hoy en una fotografía documental que apunta a temas humanos. Actualmente es fotógrafo de la agencia Getty Images, donde el registro se concentra en la riqueza de Latinoamérica y Europa. Ha sido colaborador de agencias internacionales como France Presse y Majority World, donde sus imágenes han sido incluídas en medios tales como CHICAGO TRIBUNE, CBSNEWS, CBS SAN FRANCISCO entre otras. Su trabajo ha sido expuesto en Francia, Corea del Sur, México, Brasil, Uruguay y Chile.

Desde el 2014 crea y dirige el festival internacional de fotografía www.fotoarica.com. Tiene publicado dos libros ABU (año, 2017) bajo el sello de Ediciones La Visita y “Diaspora”(año 2019) un libro que habla solo de las mujeres afrodescendientes y su puesta en valor, con el sello de publicaciones Foto Arica.

En el contexto de la 11° versión del Festival Internacional de fotografía de Arica, Foto Arica, ¿podrías contarnos cómo nace este certamen, intentando precisar a qué respondió su creación y cuáles son sus proyecciones hoy?

R: El festival Internacional de fotografía no es un certamen sino un espacio de convocatorias nacional, internacional y local que genera un ambiente de difusión de la obra con la instancia de poder poner en valor a la fotografía en el extremo norte de Chile, “un lugar”, que debe leerse como “polo de atracción” de la fotografía en el mundo, en la ciudad de Arica. Así, entonces, nace como una posibilidad de descentralizar, que suena tan cliché, pero que se volvió necesario hace más de 11 años y que pretendía desde siempre ser un espacio de envergadura de la fotografía nacional, pero jamás se pensó que esto se lograría en relativamente poco tiempo.
Respecto a sus proyecciones de hoy, pretende una vinculación aún más profunda con la escena de la fotografía internacional y lograr que los cuerpos de obras reconocidos puedan ser disfrutados, valorados y comprendidos por la comunidad en general. Es un festival que se pone a disposición de las audiencias y no al revés. Comprendemos que el festival no tendría ningún crecimiento sino se considera a la gente como fuente primaria y receptora de la obra de las y los fotógrafos.

 

Cuéntanos qué motiva hoy la realización del 2do Congreso de Fotografía y cuáles son los objetivos para generar un cruce académico-reflexivo dentro del certamen?

R: El nacimiento de un congreso académico dentro del marco del festival, es el resultado del estudio acucioso de los acervos visuales con los cuales cuenta el festival durante estas diferentes versiones, las que enriquecen la materialidad, la creatividad y un espacio de consulta académica, así entonces el congreso de fotografía es un espacio para dialogar con los resultados visuales y sus exponentes. Por ejemplo, en la versión pasada contamos con la presencia del alemán Boris Eldagsen, conectado por medio de la fotógrafa Isabelle Camps (Fr). Boris es conocido por crear y presentar la primera fotografía realizada en IA y que logra ganar un concurso de fotografía. También contamos con Pablo Valenzuela, Alejandro Hoppe Guiñez quienes fueron parte del congreso dando su mirada en el sentido y profundidad de la documentación; por otra parte, los académicos Alfonso Díaz Aguad, Elías Pizarro Pizarro, altos investigadores del doctorado en Historia de la Universidad de Tarapacá, hicieron un cruce entre la presencia histórica, la documentación y el archivo. Por mi parte, se realizó una presentación de mi tesis doctoral que hace relevancia de la “objetividad visual” y el análisis semiológico del registro de los años 80 al 90 en Chile y México.

 

Entiendo que tu labor como profesional de la fotografía e investigador te ha permitido viajar mucho, y que durante gran parte del año, no obstante, concentras tu trabajo en el norte, podrías decirnos, ¿qué y cómo es fotografiar desde esas latitudes?

R: Mi labor como fotógrafo para Getty Images no sólo es impulsada por el placer de viajar, sino también por el compromiso con el registro de historias en el extremo norte de Chile. Aunque mi trabajo ocasionalmente se extiende a otros países, como Italia, el foco principal está en acontecimientos significativos que suceden en torno a Arica, como el Carnaval con la Fuerza del Sol, el Santuario de Las Peñas o, más recientemente, el Machaq Mara celebrado el 21 de junio. Estas experiencias me permiten capturar una cara distinta del Chile central, reconociendo las culturas y tradiciones de comunidades muchas veces invisibilizadas. Desde mi perspectiva, narrar estas historias no solo es un acto fotográfico, sino también un gesto de respeto y puesta en valor hacia esos territorios y su gente.

 

Indudablemente, haber gestionado 11 festivales te puede haber dado una perspectiva privilegiada sobre la fotografía de las últimas décadas. ¿Qué destacarías de las constantes de la fotografía chilena en este tiempo?

R: Sin la intención de publicitar o invitar a leer mi tesis doctoral, creo que la fotografía chilena tiene un interés y un contexto que provoca mirarla como auténtica, y como parte de la historia que insoslayablemente ha sido adicta a sus vaivenes y resultados sociales. Es una fotografía que envuelve la realidad y la contemporaneidad de un país que está regido por la actualidad y su historia. Constantemente vemos en el festival un recordatorio insistente a los eventos del pasado, vistos (ya sea) desde una mirada documental, autoral, documental/autoral y una revisión al archivo. Sin duda, Chile vibra en la visualidad desde la fotografía y otras disciplinas, pero en especial la fotografía es un vergel de ideas e historia concentrada, motivo por el cual forma parte importante de las conclusiones de mi investigación.

 

Como doctor en Historia del Arte y la Arqueología, ¿cómo se ha dado el diálogo entre estas disciplinas y tu labor activa de fotoperiodista?

R: Sin duda, toda mi vida he relacionado la profesión=fotógrafo con la academia. Mis primeras tesis de pregrado como docente, como master, y doctor siempre han tenido un sentido, o línea académica que nutre y auto nutre una simbiosis colaborativa que es siempre una fuente de motivación. No podría vivir sin la fotografía y no considerarla en los aspectos cotidianos. Mi estudio doctoral viene en el fondo a ser un espacio de reflexión profunda sobre la fotografía chilena, la fotografía y mi quehacer como hacedor de imágenes, donde el diálogo académico, la pluma de cómo se escribe transita desde la mirada de un fotógrafo que escribe desde su disciplina y desde nuestro mundo.

 

Según tu experiencia, ¿a qué tensiones u oportunidades se enfrenta el fotoperiodismo y el documentalismo actual, y qué le cabe esperar a quien se ha dedicado a trabajar en este campo?

R: La fotografía no ha muerto ni morirá, ni su reinvención, de la cual tanto se habla, ha propagado el sentimiento y la amenaza de la IA. Sin embargo, largo es el espacio de creación de la fotografía convencional, “fotografía real” a diferencia de la creada a partir promts (instrucciones detalladas para la IA). Un fundamento de lo anterior es la cantidad de modelos de cámaras que se sacan año tras año, lo que dignifica la intención de seguir disparando, ejecutando y construyendo imágenes. Sin duda, el gran desafío hoy día es no caer en el truco de que todo ha muerto, y apostar que existe una nueva forma de crear imágenes que se vincula con el nuevo objetivo o desafío de la fotografía documental, la que hoy se presenta como un individuo que tendrá que no solo crear nuevos discursos visuales, sino ser capaz de tener otras habilidades como comerciales y de gestión, lo que lo llevará a la independencia y sobre todo ser un eslabón más de la construcción visual de Chile y de la disciplina en general. Sobre las temáticas en el caso particular, son las materias sociales las que atraviesan en general los planteamientos fotográficos, y ahí la capacidad de compromiso es la que no se puede adquirir por ósmosis, sino por un constante y arduo trabajo en uno mismo y en el cómo me proyecto en el contexto de Chile y del mundo de hoy.

Arica, Junio de 2025

Puedes ver su obra en Galería Abierta

Cárcel de amor

Cárcel de amor

Obra de Paula López Droguett

Desde chica me llamó mucho la atención la violencia doméstica, ya sea física o psicológica, ya simplemente por aquellas cosas que se supone que las madres tienen que hacer: alimentar a todes, servir, ordenar, limpiar, cuidar, postergarse, me llamaba mucho la atención y me dolía mucho que las mujeres de mi familia todas tuviesen ese rol, dueñas de casa, y porque yo nací mujer y no era lo que yo quería para mí, entonces me conflictuaba; creo que a partir de eso empecé a recabar en ciertos símbolos que aparecen después en «Cárcel de Amor»

Esto obedece a mi recuerdo infantil del momento en que se enceraba la casa, luego de que las mamás habían estado haciendo el aseo durante días, era el momento en que la casa era un templo, como una señal de pulcritud a la cual no se podía entrar; todo quedaba muy brillante después de pasar el «chancho», pero era muy extraño porque la casa quedaba hediondísima, ya que la cera tiene un olor fuerte de la parafina, esa brillantez era también extraña porque era muy frágil, porque bastaba que alguien pisara el piso para que se estropeara todo.

«Cárcel de amor» simboliza la casa de la mujer que no trabaja de forma remunerada, que tiene dependencia económica del marido, la mujer encerrada, que cría a los hijos y no puede salir. Pero en este caso, el comedor para mí es lo más representativo de la sumisión

Performance en Latinoamérica, ejemplos y prácticas de la teoría de la frontera y el cuerpo como frontera

Performance en Latinoamérica, ejemplos y prácticas de la teoría de la frontera y el cuerpo como frontera

1. Introducción
El proyecto parte por una deconstrucción de las teorías de fronteras canónicas para establecer un amplio dispositivo argumental “de emergencia” mientras se genera una nueva teoría de los confines que considere las acciones con el cuerpo como parte de su patrimonio analítico. Para tal fin, se pone en cuestionamiento las percepciones de las actuales nociones de fronteras habitualmente asociadas al modelo de expansión del Estado Nación Europeo Occidental; buscando formular una nueva epistemología que posibilitará pasar desde la Academia Universitaria al trabajo práctico apoyado desde la Antropología, Sociología y la Historia, poniendo acento en consideraciones de género, creación y memoria. En medio de este contexto, el cuerpo con el trazado elaborado por el arte acción entrega argumentaciones para resignificar la frontera de cuerpo. De este modo, se establece una dialogo de dos fronteras, que buscan desde la extrañeza constituir una patria nueva y soberana.

 

2. Fronteras territoriales
En efecto, en primera instancia se plantea desde una idea de Braudel que en consideración al capitalismo mundial indica como constatación que “todas las economías avanzadas están como perforadas por innumerables pozos fuera del tiempo del mundo” (Braudel, 1984, 24), es justamente en estas “zonas grises” donde trabajamos. Sin duda, zonas fuertemente asediadas por otras fuer-zas coercitivas como el narcotráfico, los nuevos intereses mineros o bien por fenómenos sociales como las migraciones múltiples, los desastres ecológicos, la ineptitud del Estado para organizar las comunidades, etc. De este modo, nos interesa en este artículo considerar tanto las perspectivas de género, así como los actores de las migraciones (S. Gruzinski, 1997), por cierto, también los mecanismos de mestizajes y de ciudadanía que se conforman, así como las comunidades en pervivencias y resistencias.
Al mismo tiempo, el artículo remite a la reformulación de la teoría centro-periferia, en una relectura del planteamiento de Laclau y Mouffe (2015) con la hegemonía, en el sentido de los logros reales que pueden conseguir comunidades organizadas que se apropian de las hegemonías locales tributarias de las elites capitalistas. Desde estas perspectivas buscamos reconocer las estrategias instalativas en la periferia configuradas por órdenes sociales expandidos que desde la denominada “dimensión cultural” busca reformular consideraciones vinculadas con la producción, reproducción y transmisión de “ideas” y “representaciones” con un sello antropológico cultural.
Ahora bien, es desde la periferia donde diversos artistas y por cierto distintas comunidades fueron conformando tejidos/redes de apoyo, así como una base organizativa de instalación y visibilidad, construyendo una nueva cartografía para la comprensión comunitaria, pero en particular para un nuevo advenimiento comprensivo del cuerpo en el espacio público. Esto que parece teoría es una práctica normal en el desplazamiento del cuerpo social indígena en las ferias, rituales religiosos y entierros.
Claro está que, las consideraciones del llamado historiográficamente “sistemas mundo” (Wallerstein:2003), establece que el capitalismo junto a las pequeñas economías autárquicas de sobrevivencia, que no pertenecen a ningún sistema mayor que les exijan algún tributo regular, son los únicos sistemas sociales “reales” en el sentido de que en ellos la vida social está “auto incluida” y que poseen una dinámica de desarrollo interna. Todas estas organizaciones poseen la posibilidad de complejizar la recepción discursiva y representacional desde un concepto clave como es el “imaginario”. Desde los estudios decoloniales se comprende esta acepción que proviene de la Escuela de los Anales como la construcción simbólica por medio de la cual una comunidad (racial, nacional, imperial, sexual, etc.) se define a sí misma, (Vignolo:2011). Tras esto, vemos también como el imaginario se transforma en una autoafirmación de los artistas performeros y de las acciones comunitaria performeras.
La existencia de estas tramas comunitarias posibilita la conformación cartográfica inicial, y se torna factible pues se ha traspasado las confianzas y se ha ingresado a comunidades para debatir sobre sus componentes identitarios, tanto las consideraciones de género como la construcción de la memoria comunitaria. Respecto a las representaciones cartográficas, Harley señala que “los mapas como tipo impersonal de conocimiento tienden a ‘desocializar’ el territorio representado, al fomentar el concepto de un espacio socialmente vacío” (112), por esto estamos reformulando la confección de una nueva cartografía que visibilice los nodos periféricos y la importancia comunitaria como autoafirmación visible.

3. Del cuerpo comunitario al cuerpo artístico
La investigación indaga cómo el cuerpo puede devenir en material etnográfico como aquellos objetos culturales que materializan estrechas relaciones entre manifestaciones del imaginario y expresiones individuales o comunitarias. Es un proyecto de largo aliento que evidencia la “carnalidad imaginaria” como tensión entre individualidad y vida comunitaria. Para tal búsqueda se establecerán una serie de muestras de entrevistas, acciones participativas y muchas imágenes. Una de las propuestas de esta investigación busca hacer eco de lo planteado por Georges Didi-Huberman: “Hay que encontrar el sentido de saber mirar en las imágenes aquello de lo que ellas son sobrevivientes, para que así la historia, liberada del puro pasado (ese absoluto, esa abstracción) ayude a abrir el presente del tiempo”, pero al mismo tiempo de literaturas, de prácticas de reivindicación de género y memoria comunitarias y oralidad, rituales corporales, es decir, artefactos culturales tensados por las variantes propias de cada comunidad, sus condicionantes geográficas y sus variables temporales.
No obstante, dichos utensilios estructuran en conjunto narrativas que amplifican y nutren identidades conformadoras de imaginarios representacionales específicos, recabando algunos hitos, producción o momentos que exponen dichas tensiones y problemática (Antal: 1988).
Más aun, en las zonas de frontera donde los enclaves conceptuales se ven influidos por contextos de mestizajes, anacronismos, regionalismos y agenciamientos particulares. Al respecto, la clave será también el concepto de circulación del arte acción, que por definición se articula como un proceso dinámico y de mutación incesante que se desarrolla por el recorrido de discursos, prácticas, obras y personas (Werner y Zimmermann, 2003: 7-36) y se distingue de la simple movilidad ya que los cambios se producen, al origen, en los propios desplazamientos (Markovits, Pouchepadass y Subrahmanyam, 2003). La movilidad ha sido una práctica performática en sí misma pues transforma e impone las fronteras o las regulaciones de los flujos a merced de líneas de fuerza, de modas o de tradiciones en las cuales los vectores privilegiados son los “transmisores culturales” (Bénat Tachot y Gruzinski, 2001). Cada artista performero es efectivamente uno de ellos. Las comunidades tradicionales y periféricas tam-bién lo son.
En efecto, revisaremos, analizaremos y sistematizaremos algunos “trans-misores culturales” así como trayectorias dispersas de individualidades desde las comunidades indígenas, centros creadores de mujeres, grupos barriales, etc. La propuesta investiga sobre lo que denominaremos “la acentuación zonal de frontera” que buscará establecer estrechas relaciones entre manifestaciones culturales del cuerpo, expresiones del imaginario y proyectos políticos en los confines territoriales. El trabajo de Raul Fonet-Betancourt amplifica y extiende el lineamiento del diálogo, del intercambio entre comunidades disímiles, ¡y afirma que nos trae un nuevo concepto clave como lo es la “interculturalidad!, que supone diversidad, diferencia, diálogo y contraste e incluso de muchas veces contradicción” (Fornet-Betancourt, 2006; 21- 43).
Por su parte, la propuesta de León Olivé reconoce la importancia de “designar un modelo de sociedad multicultural, democrática y justa, que aliente la interacción armoniosa y constructiva entre los pueblos y culturas de México y del mundo, con base en el derecho de cada uno a tomar decisiones por sí mismo acerca de su proyecto colectivo de desarrollo” (Olivé: 2004). Por ambos planteamientos es muy meritorio consignar otro concepto clave como el “dialogo cultural”, fenómeno complejo de hecho que implica la reconstitución de las fronteras del propio sistema de gobierno, a través del reconocimiento de las reivindicaciones de grupos que han sido denostados históricamente y cuyo sufrimiento y exclusión han sido parte constitutiva, en un sentido profundo, de la identidad aparentemente unitaria del “nosotros” que constituye ese sistema. Dichos procesos pueden denominarse de reconstitución reflexiva en las identidades colectivas (Benhabib, 2006) y de “dispositivos de asunción” en el caso de las acciones performáticas individuales (Leiva, 2022).
Se tratará de reflexiones que seguramente saldrán de las narrativas de las comunidades e individuos, como fenómenos de reminiscencias (Halbwachs, 1925), que sin duda posibilitan una transformación de los espacios sociales desde la llamada memoria individual y colectiva. Su importancia radica en que la memoria permite pensar las representaciones del pasado desde las representaciones del presente, ejerciendo una práctica histórica del sentido comunitario.
Pues bien, en este vapuleado presente globalizado, marcado por despla-zamientos forzados, -los gobiernos en alianza y complicidad con corporaciones transnacionales- podemos observar cómo se han ideado y puesto en práctica diferentes políticas autoritarias, carcelarias, racistas y heteropatriarcales. Todos hechos que buscan frenar los procesos migratorios y en mucho de los casos también para lucrar de estos. Al respecto, me parece pertinente las propuestas de Rancière y sus postulados acerca de las tres formas del “reparto de lo sensible” que articulan sendos regímenes de las artes: el régimen ético, el poético o representativo, y el estético (21-25). Por lo tanto, nuestra propuesta, asumiendo este reparto de lo sensible se asienta en estos tres ejes articulatorios.

4. Los imaginarios del cuerpo, lo liminar.
Las llamadas “instancias imaginarias” constituyen un concepto para reapropiarnos de los confines, pues en contraste con la idea de mero emplazamiento físico o demarcación políticamente instituida, da cuenta de una red simbólica tejida sobre la base de las subjetividades de los ciudadanos que la habitan, la recorren y en su apropiación hacen de ella estímulo y depositario de afectos psíquicos diversos. Desde luego, este tipo de abordaje se enmarca en una tradición más amplia. Forma parte de un ya conocido tópico que echa raíces en los estudios fundacionales de Lefebvre, reconocidos por inaugurar una senda en que las reflexiones del espacio fuesen capaces de desmarcarse de la hegemonía del discurso epistémico, para el cual aquel no representa sino un receptáculo vacío e inerte, a fin de avocarse más bien al estudio del espacio como una producción esencialmente social. En su ya clásico libro, “La producción del espacio”, Lefebvre propone abordar la dimensión social del espacio en el marco de una triada conceptual compuesta por “las prácticas espaciales (el espacio percibido)”, “las representaciones del espacio (el espacio concebido)” y los “espacios de representación (el espacio vivido)” (97-8). Sabemos que las comunidades han sido también víctimas de múltiples desplazamientos y esto ha provocado mucha más tensión en la territorialidad fronteriza y los sistemas de reciprocidad comunitaria que será necesario discernir, analizar y trazar para ir construyendo estas factibles cartografías de los confines, que serán aplicadas en distintos continentes y países.
Como plantea Eusebio Medina, existen numerosas aportaciones teóricas sobre la frontera, casi todas giran en torno al contenido del propio concepto (Lisón Tolosana, C., 1997: 141 y ss.) o derivan hacia sistemas clasificatorios meramente descriptivos (Foucher, M., 1997). Es por esto por lo que organizaremos un “giro territorial” y en consideración del proyecto inicial reseñaré el trazado desde ejercicios individuales en los “confines territoriales”.
En América latina las relaciones en la mayoría de sus lugares se establecen desde relaciones entre los individuos y su comunidad. Son procesos reconocidos como premodernos, pues en las sociedades modernas quedan subordinadas a las relaciones entre los individuos y las cosas (Grimson: p.41). Tanto en un rito como en otros fenómenos, existe un concepto denominado “limen”, cuyo significado en latín es “umbral”. Turner planteó lo que él llama, “esfera liminal”, concepto que se refiere a un espacio ambiguo de tiempo en donde el futuro no existe y el pasado se suspende o se omite momentáneamente. Este espacio temporal crearía un “caos fértil” en donde predomina el modo subjuntivo de la cultura, en donde se presenta con mucha fuerza la hipótesis, el deseo y la fantasía.
Una nueva unidad se conforma desde este cuerpo en acción, que va siendo acompañado de los códigos conformados, insertándose en un sistema del arte que constituye su propio “campo semántico”, como cuerpo de significación y de representación que es necesario dar cuenta frente a un proceso de comunicación. Es un ejercicio para el espacio societal que vive y recepciona, es la sociedad y no un individuo específico. Como hay una serie de actos de lenguaje realizados por los artistas, es menester reconocerlos, ubicarlos y contextualizarlos en la maraña del tejido artístico. En todo caso, los actos perfomativos que son constantes no siempre son acciones de arte en sentido estricto, pues para constituirse en parte del corpus deben regirse por algunos principios. Es un modo operatorio regido por ciertas reglas propias como el efecto estético esperado.
En concreto, un acto político en la calle en una ciudad contaminada puede ser muy perfomática, pero no es necesariamente un arte-acción. Hay condiciones necesarias y suficientes que hacen que ciertos actos artísticos tengan la marca y cuño propio del campo semántico del arte acción. Reconocemos que hay diferentes tipos de actos artísticos que son parte de las luchas reivindicativas y las conquistas sociales y no constituyen performance en sensus estricto. Ahora bien, sabemos ya que los aspectos básicos del arte acción son el cuerpo, el tiempo, el espacio, la cultura y el contexto. A estos enunciados básicos se deben incorporar la referencialidad predicada en el arte-acción como cita o intencionalidad estética, como deseo de establecer contacto con una cultura simbólica que supera el arte acción mismo.
En concreto, hemos rastreado en los trabajos particulares de tres artistas estrategias para evidenciar las marcas culturales de sus orígenes fronterizos que aún subsisten. En los trabajos de dioramas vivientes y Homo fronterizus de Guillermo Gómez-Peña (México-USA), de  Bandera y Viaje de Francisco Copelo (USA-Italia-Chile) y de Parangolé de Hélio Oiticica (Brasil). A mi modo de ver, son tres matrices preclaras del arte acción en Latinoamérica. No son los primeros, pero son lo más significativos en cuanto a su correlato societal, a su diálogo local.
Son todos ellos trabajos performáticos que nos señalan a través de sus propuestas metodológicas, formas de activismos ante la mirada patriarcal que clasifica y cosifica la experiencia artística y antropológica.
De este modo, en los tres artistas la noción de territorializada vivencia se construye desde la reja que limita, la bandera que identifica y la mortaja que trasciende para buscar derribar los límites del único sentido de frontera posible, el libertario. De este modo sus propuestas fueron posible en la acción libertaria.

5. A modo de conclusión
Diana Taylor postula con relación a la performance la idea de “Ghosting”, en español, fantología. Taylor ocupa este término para referirse a la huella temporal que deja una performance, es decir las reminiscencias de performance en el espectador a corto plazo, y también cómo podemos visualizar estos comportamientos a largo plazo, por ejemplo, aspectos de algún estilo de moda que luego podríamos ver en colecciones hechas en décadas posteriores.
Pues bien, las reminiscencias no solo llegan hasta el espectador inmediato, pues, aunque le haya agradado o no estéticamente, éste se vuelve portador de la performance. La performance genera una serie de reacciones cognitivas dentro suyo, que compartirá para concluir su reflexión y una iniciativa dentro de la misma experiencia performática. De esta manera, la performance inserta algo en su vida y a modo de relato oral se instala en el insondable territorio del inconsciente colectivo y la memoria. De este modo, se unifica pasado con presente, individuo con comunidad por medio de las reminiscencias. De un modo evidente explicita el fondo común establecido por el imaginario y la autodenominación comunitaria.
En efecto, la individualidad en las fronteras tradicionales se ha degradado de las formas humanas y del sentido positivo, asumiendo y vivenciando posturas de experiencias físicas de expoliación y de violencia al constituir un cuerpo social. Para los tres artistas sindicados como cofundadores de una tradición performática de integración, ésta sería capaz de conducir a la comunidad desde una individualidad consciente hacia una nueva actitud estética y ética, de participación, colectividad y cambio social. Todas señales inequívocas de que lo que han construido estas individualidades, con mayor razón la construyen las comunidades constituidas, empoderadas y autodeterminadas.
El artista de performance constituye en su acción política, no siempre premeditada, un tránsito por las zonas grises de la cultural local latinoamericana. Aquellas zonas que intentan derribar las prácticas de las nuevas nociones de centro y periferia, donde estas periferias constituyen zonas de fronteras e intercambio conformando hegemonías dirigidas y organizadas por artistas que ponen al tapete, el eje cultural no discutido. Siempre el arte acción es un arte de combate tanto de los individuos como de los colectivos. Es un arte vivo que ilumina el accionar de una sociedad y de una cultura que se conforma con lo poco. Pues justamente es el arte performático un arte de desmesura, el corte epistemológico de un accionar de vanguardia que como un fluir pone sus cuerpos como lienzo expresivo.
En una sociedad postmoderna cada vez más atomizada, el arte acción evidencia el diálogo entre el artista individuo y la comunidad. Siendo la comunidad desde una práctica ancestral el sentido final de toda performance. No es una carnalidad sin sentido político ni menos sentido social. Es la reencarnación de la acción y el manifiesto vigilante de que el arte es un arma cargada de futuro. Pues no podemos olvidar que las estrategias instalativas de las nuevas fronteras en las periferias, son como el grito de alarma de los imaginarios del cuerpo que claman en el sentido reivindicativo de visibilidad y carnalidades expuestas. Con esto planteamos una nueva problemática en el campo traviesa del arte con una raigambre identitaria latinoamericana.

 

Dr. Gonzalo Leiva Quijada

Bibliografía general

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Una sagacidad visual

Una sagacidad visual

El ejercicio de reunir y comentar en este pequeño espacio, sólo un puñado de fotografías de la extensa y valiosa obra que Álvaro Hoppe nos ha dado de los años 80, tiene como fin poner en relieve ciertas operaciones visuales del autor que nos han permitido advertir algunas constantes críticas de nuestra cultura y sociedad.

En relación con lo anterior, dos aspectos centrales se desprenden de la experiencia de Álvaro como fotógrafo en sus inicios. Lo primero, que ha sido ya destacado por el fotógrafo, es que gracias a su experiencia teatral previa (Teatro Invisible) toma conciencia de que los cuerpos, viviendo en circunstancias opresivas en Chile, pueden generar estrategias para resistir e irradiar esta resistencia en el espacio público. Esta vivencia teñirá éticamente y le dará tal sentido a su trabajo que después algunos podrán esgrimir en torno a su persona la idea de un “testigo invisible” de la historia. Lo segundo, a mi parecer, más inconsciente o por lo menos no tan evidente, es que la noción de montaje o escenificación teatral empezará a dialogar significativamente con los primeros libros de fotografía que caen sus manos, para ser finalmente resignificada-será puesta en cuadro- en su trabajo perceptivo sobre la ciudad. Una ciudad desgarrada por conflictos sociales y políticos, y que se va configurando de acuerdo con los nuevos patrones de consumo derivados de la economía neoliberal impuesta a finales de los 70. La astucia visual de estas fotografías es que logran escenificar la tensión que se está produciendo en la vida cotidiana de una manera cuasi gestáltica. Estas tensiones se dan entre una “figura” dominante en primer plano, casi siempre en un tercio de la imagen, que pertenece a la publicidad y/o la propaganda, y el “fondo” de la imagen, el “entorno” urbano, que se presenta de manera porosa, divergente con las referencias vehiculizadas por los tótems del primer término. Recordemos que las estrategias publicitarias y propagandísticas tienden a deshistorizar el presente y monumentalizarlo respectivamente. Lo deshistorizan porque apelan a un sujeto primitivo, pulsional más que reflexivo, en un tiempo “excepcional”, que es el tiempo de las virtudes del producto. La propaganda, en ciertos periodos históricos, encuentra a menudo en la retórica de la hipérbole un dispositivo económico para convocar imaginarios autoritarios, o legitimadores de la autoridad como sucede aquí. Pero lo más destacado de estas fotografías es que sus encuadres siguen despertando hasta hoy una inteligencia visual para con la ciudad. Mientras se propicie un espacio en el presente para resistir simbólicamente, los grandes Discursos y Marcas, las gigantografías y monumentalidades serán solo parte del escenario donde se juega nuestra identidad. Y algo es muy cierto todavía: las ciudades de Chile no han terminado de tensionarse.
Mauricio del Pino Valdivia

Explorar, elegir, ensamblar amorosamente

Explorar, elegir, ensamblar amorosamente

Obra de María Victoria Conejeros

María Victoria Conejeros Rusque
1997, Concón, Valparaíso
Licenciada en Arte, de la Universidad de Playa Ancha. Ganadora 1er lugar Categoría Tema Libre,
Concurso Fotolibre V región, marzo 2022.

La serie de María Victoria Conejeros puede abordarse en dos claves de lectura. La primera, que entiende su trabajo como una potente revisita al collage y al montaje fotográfico, para proponerle al espectador un acercamiento al cuerpo de una manera completamente distinta a la que nos tiene acostumbrados la publicidad. Dicha manera no esconde y propone abiertamente, como lo hizo en su momento el dadaísmo, que nuestra mirada es siempre una construcción y que, por tanto, podemos tomar conciencia alegre (y política) de ello, o dejarnos seducir por patrones abusivos de poder.De ahí, se entiende el carácter disruptivo del método, la elección y el ensamblaje de los fragmentos para dar con una nueva forma que nos libera.
La otra clave, indica que la serie requiere también de una sensibilidad más lenta para apreciar que su búsqueda da cuenta de lo que en otras ocasiones ya he afirmado citando a Godard: que el amor también se debe a un «trabajo» y que esta economía del amor merece ser presentada. En efecto, la mirada táctil de María Victoria que se repliega y potencia bajo el estricto confinamiento impuesto durante la cuarentena por Covid-19, nos da pruebas de un reencuentro íntimo y familiar, que tiene como protagonistas a las porosidades y pliegues de los cuerpos de su propio clan, algo que tiende a hacerse más difícil cuando hemos entrado ya en la adultez.