Anata: entre lo Sagrado y lo pagano

Anata: entre lo Sagrado y lo pagano

Obra de Christian Jamett Ibarra

“Anata: Entre lo sagrado y lo pagano” es una serie fotográfica que explora la esencia profunda del carnaval andino, un evento cargado de simbolismo espiritual y cultural donde lo sagrado y lo profano se entrelazan en un espectáculo vibrante. La palabra Anata, de origen aymara, significa literalmente “juego” o “fiesta” y alude a una festividad agrícola que celebra la fertilidad, la abundancia y la reciprocidad con la naturaleza, según estudios etnográficos sobre las comunidades aymaras (Albó, 1999; Bouysse-Cassagne, 1987). En este contexto, Anata no solo remite al acto lúdico, sino que simboliza un espacio ritual donde la celebración y lo sagrado se funden en un ciclo continuo de renovación.

La serie busca reflejar cómo las comunidades andinas han logrado preservar una rica herencia cultural, adaptándola a las dinámicas del mundo contemporáneo sin perder la fuerza de sus tradiciones. Tal como señala Van den Berghe (1980), el carnaval andino representa un momento de transgresión social y a la vez una reafirmación del orden cósmico y comunitario, donde los límites entre lo terrenal y lo divino se disuelven para dar paso a una experiencia colectiva única.

A través de las imágenes, esta serie evidencia la dualidad inherente a estas festividades, que conjugan lo festivo y lo ritual, lo mundano y lo sagrado, creando una experiencia visual que va más allá de la superficie. Lejos de ser un simple registro documental, esta obra busca capturar no solo la explosión cromática del evento, sino también la profunda conexión de las personas con su historia, su identidad y su territorio.
El carnaval andino, con su capacidad para transgredir normas y al mismo tiempo reafirmar valores comunitarios y espirituales, se erige como un acto de resistencia cultural y un testimonio vivo de la cosmovisión andina, donde la naturaleza y lo divino son parte integral del tejido social (Harris, 2006; Bastien, 1996).

El encanto de las láminas ideológicas escolares

El encanto de las láminas ideológicas escolares

Tras una recopilación de ilustraciones correspondiente a material educativo coleccionable y disponible en Perú, Bolivia y Chile, pude observar que un número importante de imágenes se concentraban en la historia republicana y la Guerra del Pacífico de estos países.

En estricto sentido pedagógico podemos decir que las láminas escolares han sido elaboradas con el fin de reforzar los procesos educativos en aula sobre una base metodológica clave: educar rápida y entretenidamente por medio de las imágenes. Esto ha llevado a que tradicionalmente sus operaciones visuales respondieran al imperativo de la seducción visual frente a grupos etarios específicos. Una lámina  educativa debe verse a los ojos de un niño como un objeto de deseo.  Sólo del punto de vista de la pregnancia del color éstas se nos presentan como muy eficientes : saturación, contraste y brillo acentuado son algunos de los rasgos estándares de estos productos  gráficos. (Rasgos que se perpetúan en otros productos cercanos como los álbumes y cartas coleccionables)

Pero lo que sobresale en aquellas láminas dedicadas particularmente a la educación histórica de los países, es su peculiar «salto de tigre» hacia el pasado,  salto que no puede darse si no mediante un relevo político entre textos.

Las láminas históricas de la escolaridad son el resultado de complejos procesos discursivos no distintos a los ya observados y analizados en otros ámbitos de la comunicación y la cultura. Es más, la  transferencia de modelos, la resignificación de códigos y las operaciones de cita y pastiche (muy cotizadas en la estética contemporánea)  ejercidas sobre múltiples fuentes y documentos, entre los cuales pueden señalarse las representaciones artísticas y monumentales de la historia, deben llevarnos a considerarlas magníficas fuentes de estudio ideológico. En este punto es muy clarificadora la relación que se puede generar con el padre del pintura educativa: Jacques Luis David, el pintor de la Revolución Francesa.

Debemos a David, y en general al Neoclasicismo francés, la autocomprensión de que el arte puede educar si asume un rol moral explícito, y si esta voluntad política aparece como una «virtud» transmitida de generación en generación por medio de la enfatización de las expresiones y los gestos. Más aún, para tal efecto se genera un arte programático y edificante del cual quedan proscritos los recursos de la afectación y el engaño del arte galante; éste deberá ser austero, severo, apolíneo; lo masculino que impone a la emotividad delicada, la fuerza, al dolor, el deber ser. Este programa de las gestualidades y quinesias virtuosas fue tan bien resuelto por David que hasta el día de hoy cuando queremos sintetizar la historia en un solo acto, en un solo gesto, todos los monumentos y representaciones históricas nacionales eligen la metodología del acto virtuoso.

Nuestros héroes, representados en esculturas, pinturas o ilustraciones, asumen tradicionalmente una actitud solemne; inermes al temor y a la incertidumbre, aún cuando la muerte ronda frente a sus narices, señalan con su mano el futuro de una forma desafiante y decidida. Sus rostros son impasibles, inescrutables, impertérritos. La historia de nuestra patria es la enseñanza de los más fuertes. Y nuestras laminas son los pequeños monumentos de ese legado.

«Sin ilusión monumental, a los ojos de los vivos la historia no sería sino una abstracción.» *

«Los monumentos no serían otra cosa que la demostración de que sólo los más fuertes sobreviven, en este caso los acervos culturales que sobreviven a la destrucción y olvido.»**

*Auge, Marc, «Los No Lugares», citado en «Patrimonio Local: ensayos sobre arte, arquitectura y lugar» de Jose de Nordenflycht, Editorial Puntangeles, Valparaiso 2004, p.86

** de Nordenflycht, José. «Patrimonio Local: ensayos sobre arte, arquitectura y lugar» . Editorial Puntangeles, Valparaiso 2004, p.87